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Cuentan que mi pueblo es la cuna de uno de los Pedros más famosos de la historia, quizá solo a la altura del primer papa de la Iglesia o del Zar de todas las Rusias Pedro I Alekséievich conocido como Pedro el Grande.

Si no conoces la historia, cosa que dudo te diré que hablo de aquel pastor tocayo mío, que todo el día bromeaba con que venía el lobo. Pues bien, lo que no sabrás si no eres de Sacedón, es que el tal Pedro, tuvo un hijo, también pastor y al que también llamó Pedro.

Y Pedro I el Pastor de Sacedón, aleccionó sobremanera a ese Pedro II sobre dos cuestiones. La primera para que no mintiera jamás. Y segunda, en que pusiera un cuidado esmero en el rebaño y que de manera muy especial lo protegiera con el temido lobo.

Tal fue el celo que puso Pedro II en el cuidado de su rebaño, que su fama corrió por toda la Península Ibérica. Estaría por decirte qué, si hubiera habido algún premio a la mejora empresarial, sin duda el mismo hubiera recaído en el sin par Pedro II. Cuentan incluso que llegó a abatir a más de un centenar de lobos en tales lides. De tal modo, que cuando Pedro I estaba en su lecho de muerte, tan solo le pidió que debía de tener descendencia y que el primogénito debería llamarse Pedro y ser pastor.

Por tanto, Pedro II pasó por vicaría y al cabo de los años, ese Pedro III el Pastor, se hizo cargo del mayor rebaño que la Alcarria jamás conoció. Rebaño al que cuidaba con el mismo esmero que le enseñó su padre.

En esas andábamos, cuando hace apenas dos semanas, un lobo más espabilado que de costumbre, comentó en el grupo de WhatsApp que tenían en su manada, que él sería capaz de quitarle una oveja al rebaño de Pedro III.

 Y así fue, como al día siguiente cuando Pedro hizo el recuento, echó en falta un ejemplar. Por lo que comenzó a seguirle una pista, viendo sus restos apenas a un par de kilómetros. Poco se podía aprovechar más allá de la piel. Por lo que una vez que terminó de despellejarla, prosiguió la búsqueda del depredador.

Photo by Alex Blăjan on Unsplash

Siguiendo las enseñanzas de su padre, poco tardó en dar con el lobo que de manera socarrona le desafiaba con un conejo entre las fauces al borde de un precipicio. Cuando iba a disparar al lobo, el conejo le pidió que por favor negociara con este, puesto que si disparaba ambos caerían por el barranco y él moriría.

No tenía intención de entablar una negociación, pero los ojos lastimeros del conejo consiguieron ablandar su corazón. Por lo que después de mucho tira y afloja, el lobo le entregó al conejo, a cambio de su libertad y la piel del cordero degollado poco antes.

Pedro soltó al conejo y cada uno tiró para su sitio. Volviendo Pedro al rebaño, muy orgulloso de sí mismo. No había dado muerte al lobo, pero había liberado a un pobre conejito. Había hecho su obra buena del día.

Como quiera que tanto ajetreo le había cansado, optó por echar una cabezadita. Pero cuál sería su sorpresa cuando al cabo de un rato, notó un golpe en el hombro.

Era el lobo que, con dos conejos en la boca le señalaba a dos corderos del rebaño de Pedro que acababa de matar.

  • Despelléjalos rápido, que tengo prisa por terminarme el abrigo.

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