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La semana pasada hablaba de uno de los productos estrella que tenía mi abuelo Pedro en su carpintería: los ataúdes.

Por lo que me contó mi abuelo, un fino carpintero, comenzó a hacer ataúdes un poco por necesidad. En aquella España de posguerra, de media patata y chusco de pan “las más noches” –Cervantes dixit- había mucha necesidad. Necesidad, que no se limitaban solo a la alimentación, sino a las cosas más básicas.

Así mi abuelo me decía, que era muy habitual oír el “din dán” de la campana, día sí y día también. Llegado ese momento, aquellos más pudientes comenzaron a pedir, algo más que un simple cajón de madera para sus seres queridos.

En ese momento, mi abuelo que, como no podía ser de otra forma, penaba como todos por sacar adelante a su prole, comenzó a ver cómo podría cubrir ese servicio. Así cogió un día, se vistió de luto como si fuera un doliente y marchó a Madrid, para visitar según él todas las funerarias de Madrid, según creo no más allá de dos o tres.

Fuera que como fuera, el caso es que vino al pueblo e hizo tres tipos de ataúdes pequeños a escala a modo de muestrario. Luego convirtió a mi abuela, mi madre y mis tías (eran cuatro hijas las que tenía) en su particular servicio de I+D+i, para que desarrollaran cinco o seis acolchados. Supongo que por cercanía incluso hicieron uno con un remate en vainica doble de Lagartera (estaban apenas a 15 kilómetros de dicha localidad).

Photo by Florian van Duyn on Unsplash

Como sería la cosa qué, con el paso de los años, llegó a tener en plantilla hasta 6 trabajadores (sin contar las costureras) dejando a un lado prácticamente el resto del trabajo de la carpintería. Según salía el país de la autarquía, de las gachas y de las legañas, a la gente le dio por morirse menos, pero mejor. Esto es, ya no solo los pudientes querían su ataúd medio bonito, sino cualquiera.

Con el paso de los años y la llegada de Santa Lucía, mi abuelo tuvo que traspasar la carpintería, puesto que el negocio de los ataúdes no daba más de sí. Una gran carpintería de Talavera, empezó a hacerlos de manera mecanizada, cerrando un concierto con la aseguradora de decesos, dejando el producto de mi abuelo totalmente desfasado.

Vemos aquí, en esta historia familiar, un mismo producto, el ataúd en este caso por las cuatro fases de un producto, según se conocen en la Matriz BCG (Boston Consulting Group), en mi opinión la mejor manera de definir una unidad de negocio.

Así mi abuelo comienza con su producto en la fase de Producto Interrogación. Ha de invertir en el producto (se va a Madrid, etc.), pero realmente en ese momento, no tiene ninguna participación en su mercado, aunque si muchas expectativas de crecimiento. Mi abuelo potencia este producto, incluso abandonando otros, puesto que ve que es el futuro. 

Cuando el más común de los mortales quiere estar lo más cómodo posible en su lecho de muerte, los ataúdes de mi abuelo, se convierte en un Producto Estrella. Gran crecimiento y alta participación en el mercado.

De ahí pasa a ser un Producto Vaca. Ya tiene el producto desarrollado complemente y solo queda ordeñarle, sacarle el máximo rendimiento hasta que llegue su declive. En ese momento lo adecuado hubiera sido, haber mecanizado la forma de desarrollar el producto, en resumidas cuentas reinventarlo, para que de aquí pasara a un nuevo Producto Interrogación.

Sin embargo, quién sabe si por razón de edad o por no preverlo, el producto queda relegado a un Producto Perro, no hay ningún crecimiento, con una rentabilidad negativa.

Una vez en esta fase, una empresa como la suya, centrada casi en exclusiva en un solo producto y estando este en la fase de Producto Perro, no quedó más remedio que traspasar el negocio y dedicarse a otra cosa.

Y tú ¿conoces la fase en la que están tus productos?

¿Tienes un cuadro de mando en el que puedas ver que productos son Vaca, que producto son Perro o cuáles Estrella?

¿Tu contabilidad te lo permite?

Si quieres que te ayude a definir tus productos o el mencionado cuadro de mando, ya sabes que estoy a tu entera disposición.

Que la fuerza te acompañe.