Pasado jueves a las once la mañana, entro en una oficina bancaria de una antigua Caja de Ahorros. Está muy  cerca de mi despacho, aunque no revelaré el nombre de la entidad, por respeto a la misma.

Termino de hacer unas gestiones en la caja, me está atendido una mujer de unos 30 años, su trato excelente. A su lado, hay otro cajero  de la misma edad más o menos  y con un “peinado” similar al mío. Hasta ese momento no le  había visto en mi vida, ni le conozco, ni me conoce, se levanta y al ver el anagrama de mi empresa en el sobre que tengo el mostrador,  sin siquiera saludarme,  me inquiere, que no pregunta, aunque la frase la ponga con interrogación.

 – Oye, tú eres de Asesoría Toledo, ¿no? ¿Qué eres el “jefecillo” ahí?

 Eh, si, si, si –balbuceo y me cuesta reaccionar, cuento hasta 10 y contesto- disculpe, en mi empresa no tenemos “jefecillos”, desconozco si en la suya, además de cajeros maleducados, los tienen.

El susodicho cambio algo el tono, sonríe, pero no se disculpa. En ese momento opto por lo habitual cuando uno trata con vida humana no inteligente:

Si, si, si, si, si, claro, si, hasta luego.

Bancos

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Con el reclamo de una leyenda del fútbol, ha intentado venderme una televisión o una tableta a cambio de domiciliar la nómina, tanto la mía como la de mis compañeras de trabajo. Como es lógico no lo ha conseguido, más bien al contrario.

Doy por supuesto que esto es un hecho aislado dentro de dicha entidad. A mí hasta ese día, siempre me habían atendido de una manera excelente y de hecho tengo bastantes amigos en la misma.

Pero me dio que pensar. En un principio me sentí bastante violento, trataba de ver cuál era la imagen estaría dando de mí mismo y de  mi empresa a quien estuviera a mí alrededor, para que este personaje me diera tal trato.

Repasé mi vestimenta, creo que todo correcto: traje azul marino, sacado del tinte el día anterior,  camisa blanca, corbata con el mismo azul del traje  con amebas roja.

Repasé mi actitud, había saludado al entrar, había sonreído a quien me había atendido y le había tratado de usted.

La conclusión era clara, el problema evidentemente no estaba en mí. Con lo que aún me dio más que pensar,  si a mí  persona más o menos formada, con una licenciatura, al frente de una empresa y abogado en ejercicio, me trata así ¿cómo tratará a mi vecina del quinto o un pobre pensionista? Un temblor y un sudor frío recorrió mi cuerpo y es que, como decía un amigo mío, las preferentes las carga el diablo.

Que la fuerza os acompañe.

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