Alguien dijo, que el placer se encontraba en las pequeñas cosas. De ahí que por mí por mi parte, nunca haya prestado especial atención en crecer. Sino a fe que lo hubiera hecho, con lo que con total seguridad, andaría ya muy cercano a los dos metros.

Pero vayamos a esas aquellas pequeñas cosas, que como dice la canción, nos dejan tiempos de rosas. En este caso, voy a referir una historia real, que quien me conoce ha escuchado varias veces de mis labios. No obstante, he tenido varias peticiones, para que lo refleje por escrito con la seriedad que me caracteriza.

Me refiero a mi sana e inveterada costumbre de renovar el cepillo de dientes cada tres meses. Algo que llevo haciendo desde que tengo uso de razón. Para evitar una desgracia y como soy persona despistada, tengo puesta una alarma en mi móvil (iPhone 5s, que el seis como sabéis, está criando carbón).

Así a las 23:15 de cada 90 días, oigo la musiquilla del El Sacamuelas de Octavio Mesa y empiezo a pensar en mi cepillo nuevo. Como todos los que tengo y he tenido desde que me alcanza la memoria, será azul. Y claro, también será el mismo modelo que el anterior y que el anterior al anterior.


Con mucho mimo, le sacaré del plástico envolvente con tranquilidad y parsimonia. Le miraré con cariño, como el que ve por primera vez un recién nacido.

...Le miraré con cariño, como el que ve por primera vez un recién nacido...

…Le miraré con cariño, como el que ve por primera vez un recién nacido…

A continuación, le mostraré al espejo y le bautizaré bajo el grifo. Le embadurnaré de mi pasta favorita, para poder alcanzar el clímax. Notar sus inmaculadas cerdas sobre mis dientes, es una sensación que me hace pensar seriamente que el sexo está sobrevalorado: Carpe Diem.

No obstante, he estado 89 noches, notando como mi corazón se aceleraba cuando se acercaban las once de la noche, esperando que esa noche tocara. Y es que cada uno desea, que esa noche toque lo que le apetece que le toquen (vaya lío). En mi caso, el escuchar la música parrandera, indicadora del cambio de cepillo.

Muchos se preguntarán que después que. Pues después de terminar con ese orgasmo bucal. Cogeré el cepillo antiguo, el que ya ha cumplido con su servicio, lo numeraré y archivaré en una funda transparente.

Marcando para ello la fecha de uso y la de su jubilación. A continuación lo colocaré en un AZ, para, de vez en cuando, poder hojearlo. Allí puedo ver 179 cepillos azules idénticos, con su sarro y sus restos de saliva.

Pero también lo que es más importante, una visión muy particular de mi vida. Visión que estoy seguro, casi ninguna persona es capaz de ver. Y visión al fin y al cabo que he de agradecer a la caries, por darme la oportunidad y necesidad de cepillarme los dientes.

Que la fuerza os acompañe.